Cuando tu padre ya no está

papá

En estos días en que se aproxima la fecha en que mi padre se marchó de este mundo, quería hablaros un poco de quién era él y lo que significó en mi vida. Domingo Jesús Franco Muñoz era una persona seria, trabajadora, tímida y, sobre todo, muy cariñosa. Siempre decía que él no quería regalos ni que le diésemos las gracias, tan sólo besitos. Mi padre fue una persona muy luchadora. Trabajó desde muy joven para contribuir con la economía de la familia. Y al inicio de sus 20 años se casó con su novia Sara y tuvieron tres hijos, uno de ellos yo misma, la pequeña.

Nació en Madrid pero su empresa decidió enviarle a Vigo por traslado para trabajar. Allí vivieron  mis padres 13 años, allí nací y allí pasé mis primeros años de infancia, en esta ciudad tan ‘riquiña’. Después le trasladaron a Málaga y tras seis años más de actividad, la empresa cerró. Fue entonces cuando mis padres se vieron sin trabajo y se decidieron a montar una pequeña empresa porque no querían depender de nadie. Cómo me suena ahora esa decisión que yo misma he tomado como empresaria. Me sonrío y pienso que de casta le debe venir al galgo. Pero esta vez no quiero hablar de mi, sino de él. Es el aniversario de su partida. El momento de recordarle.

El caso es que pidieron un crédito a una caja de ahorros y se especializaron en impermeabilizaciones. Mi padre era el gerente y mi madre la administrativa. Al dedicarse al sector de la construcción, tuvieron rachas buenas y rachas malas, corría el año 1992 y les pilló la crisis. Muchas empresas entraron en suspensión de pagos y cerraron, y les debían mucho dinero. Pero como tantos otros empresarios luchadores, se levantaron de este golpe y remontaron hasta el día que mi padre se jubiló con 67 años.

El destino, a veces, es cruel

El destino a veces es cruel o la vida es así y las cosas vienen como vienen. A los dos años de jubilarse, le diagnosticaron Alzheimer y cuatro meses después un cancer de pulmón estadio 4 (fumaba desde los 16 años de edad). Fue un palo enorme porque a los dos meses de estar en Vigo celebrando el bautizo de mi hija Carla, empezó la pesadilla. De estar disfrutando de los primeros meses de su nieta a de golpe torcerse su vida. Ya embarazada de mi segunda hija, Adriana, iba todas las mañanas al hospital para ayudarle a ducharse y a vestirse.

Él era orgulloso y le daba un montón de vergüenza, pero yo sólo quería ayudarle y darle todo mi ánimo para vencer a esta enfermedad. Curiosamente de la cabeza mejoró algo, no sé el motivo, tal vez por el tratamiento oncológico, no lo sé pero todos los días cuando aparecía por el hospital con mi barriga me regañaba, que si no era bueno para el bebé, etc. Yo sólo quería estar todo el tiempo que pudiera junto a él. Porque él siempre estuvo ahí dónde lo necesité apoyándome en todas las decisiones que tomaba, estuviera de acuerdo o no. Aprendí de él que en esta vida hay que currarse lo que uno tiene y nunca rendirse.  Hay que tomar decisiones y llevarlas a cabo. Hay que actuar, él me dijo que siempre creyera en mí y que si quería algo fuera a por ello.

Al menos le dio tiempo de conocer a Adri y de disfrutar de la peque cuatro meses. Cuando mi pequeña se ríe siempre me acuerdo de él. Porque me decían en el hospital que no podía estar triste que la niña iba a salir una llorona. Y fijaos que Adriana es toda energía y simpatía. Aunque no haya podido disfrutar demasiado de sus nietas, sé que mi padre se alegra desde donde esté de ver la familia que he formado y del esfuerzo que estoy poniendo en mi proyecto empresarial, Iberpin.

La tarde antes de morir me decía que no se encontraba bien y yo recuerdo que sólo le dije: papá sabes que te quiero mucho, ánimo. Esa madrugada nos dejó, y aunque el vacío que deja quien se va es enorme y nunca te recuperas, creo que tenemos que animarnos y aprovechar el tiempo al máximo para estar con nuestros seres queridos y no cansarnos nunca de decirles lo mucho que les queremos.

Gracias papá por toda una vida llena de cariño. Gracias por transmitirme tantas cosas buenas y positivas para mi. El amor por el deporte, por la familia, el valor de la amistad, el ser agradecida y sincera, el ayudar a quien lo necesita. Una vida, la tuya, que es para mi una lección en sí misma que no se aprende en ninguna escuela. Gracias, en definitiva, por todo. Dos años después de tu marcha, sólo quiero recordarte lo mucho que te quiero.

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